En Rumichaca, abundó dinero poder y lujuria

Celmira Figueroa | 08 de septembre de 2013

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La piscina, en primer plano, donde soñaban despiertos muchos clientes y al fondo se observan los cuartos donde vivían las jóvenes que vendían sus cuerpos. (Foto Scheneider Mendoza)
En un triángulo, enquistado entre la antigua vía que conducía a San Antonio del Táchira y la autopista a San Antonio,  se avivó un night club, hace más de 50 años, que se convirtió en un punto de referencia para propios y forasteros. En el día pasaba inadvertido, pero en las noches se encendía la llama de la lujuria.

El portón se abría a las seis de la tarde. Por allí ingresaban los tres meseros, el disc-jockie, el barman (hombre de la barra) y el cajero. En las garitas se acomodaban siete guardias, armados, listos para repeler cualquier intento de desorden. El night club estaba ‘cercado’ con alineadas matas de limón, pero en lo alto, en un aviso donde aparecía un insinuante desnudo, las luces de neón alertaban de su existencia a los posibles clientes procedentes de Venezuela o de cualquier rincón de Norte de Santander.

En ese centro bautizado Rumichaca, que en quechua significa puente de piedra, entraban también lujosas camionetas con vidrios oscuros o simples vehículos que camuflaban a quienes llegaban a desahogar sus penas con el whisky, o a divertirse o pasar un ‘rato’ con unas de las 40 ‘muñecas’ que se exhibían al mejor postor en la pista de baile.   

Las noches eran eternas para los meseros que  atendían a quienes se sentaban en las poltronas, ubicadas alrededor de la pista de baile,  a pedir, uno y otro trago hasta embriagarse. Pero cortas para quienes desenfrenados escogían a su ‘conejita’,  para divertirse, sentados en una butaca hasta pasada la una de la madrugada, tiempo en el que se presumía habían consumido lo suficiente, que justificaran sus entradas a ese exclusivo sitio. Después de la una de la madrugada, pasado de trago, tenía tres alternativas: irse al cuarto a consumar sus deseos,  o meterse a la piscina a continuar viviendo ese mundo de fantasía o pagar una multa y llevársela para un hotel de Cúcuta.

El nido del 'amor'

A media noche se activaba, en lo alto de la pista,  una especie de urna de cristal, en donde caía una cascada de espuma y se asomaba coqueta una de las tantas jóvenes que llegaban, en la mayoría de los casos, a trabajar con su cuerpo, procedentes de Cali, Medellín, Pereira, Armenia y hasta de Curazao y Venezuela. Sus sensuales movimientos excitaban  a los presentes y se iba quitando, poco a poco, las pequeñas prendas hasta quedar como Eva. Entrar a esa urna equivalía pagar una gruesa suma, pero muchos lo hacían. El espectáculo se compartía con los ‘invitados’.

En las primeras tres décadas hubo abundancia. El bolívar no se había desplomado y ‘El Patrón’  de ese entonces consentía a las ‘conejitas’  de tal manera que les habilitó las 16 habitaciones  para que vivieran allí y no gastaran en hospedaje.

También les proporcionaba la comida y demás comodidades a cambio de prestar sus cuerpos a ese afamado ‘nido de amor’. A cada una le pagaba un básico de $15.000 para que se animara a conquistar clientes. A ninguna le quitaba las ganancias. Su negocio consistía en atrapar a incautos para que gastaran en bebida y quienes gozaban de buen apetito les ordenaba rondas de picadas.

 Rumichaca carecía de lujos, contrario a lo que había en los salones de la Ínsula, ‘Muñecas’ y ‘Campestre’, según  asiduos clientes de esas  ardientes noches. Recuerdan que las mujeres estaban dispuestas a lo que saliera siempre y cuando el portador de la billetera entregara lo que  pedían.

Y así funcionó el negocio que existió por más de 50 años, pero que administró Édgar Cercado, alias ‘Papo’, durante seis largos años, según testimonio que entregara  Juan Ramón de las Aguas Ospino, alias Rumichaca,  bautizado así por el grupo inicial de paramilitares que llegó el 9 de mayo de 1999,  a Cúcuta enviado por Carlos Castaño. Ospino hizo parte de la escolta de ‘Papo’, según reveló a las autoridades en el juicio que se le sigue a él y otros cinco jefes del Bloque Catatumbo. En ese prostíbulo,  Jorge Iván Laverde Zapata, alias ‘El Iguano’, ultimó los detalles junto con Lorenzo González Quinchía, alias Yunda, de lo que sería el Frente Fronteras de las Auc.

‘Papo’ tenía su oficina ahí, y  se interesó mas bien por levantar un fuerte a base de piedra, en donde pudiera permanecer día y noche, sin que nada le pasara. Y  nada le pasó. Su muerte se produjo en el Magdalena Medio, donde lo citó el mismo Carlos Castaño, el 6 de octubre de 2003. Desde entonces Rumichaca  empezó a decaer hasta que, hace ocho meses, las luces de neón se apagaron, las ‘conejitas’ emigraron y los ‘amigos de lo ajeno’ la desmantelaron.

Quienes ingresan hoy a Rumichaca  encuentran  solo destrozos, ruinas, como si un fuerte vendaval hubiese pasado por ahí.

En ese afamado night club se obvervan rastros de tacones, de botellas vacías de Old Parr y aguardiente, de colchones rotos, de poltronas desarmadas, de una piscina atiborrada de mugre que no deja entrever el fondo donde se  inscribió, en baldosas negras, el alias de ‘Papo’. También se hallan marcas de un lugar que quedó sin techo y de un nombre que sólo sirve, ahora, de referencia para los viajeros a San Antonio del Táchira, Venezuela, que se extravían a su salida por la vía antigua a Boconó. A Rumichaca no llegarán más las hermosas y jóvenes mujeres, ni los acaudalados hombres que entraban a conjugar  su poder con el placer.

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